Crónica de una obsesión
Aquí tenéis el relato de este viernes, del que ya os lancé una pista en mi Instagram (@claudiatevarcrespillo). Este escrito ha nacido a raíz de buscar inspiración en los libros que se me quedaron en la memoria. Hace años que leí Crónica de una muerte anunciada y aún recuerdo cómo me fascinó la manera en que la historia te cogía de la mano y no te soltaba hasta el final. Cómo enganchaba, cómo García Márquez era capaz de contar cualquier historia obligándote a leerla sin parar. Este relato es inspiración, es homenaje.
Para vosotros, escrito con todo mi corazón y todo mi cariño,
Claudia Tevar Crespillo
Posible título: Crónica de una obsesión
El día en que lo mató,
Victoria Aribau, se levantó a las cinco de la mañana para cumplir
con El club de las cinco de la mañana. Había soñado con un cielo despejado, un arcoíris
y el sonido de unos gorriones insubordinados que surcaban el manto azul.
Era la primera vez que palpaba
la sensación de libertad; e interpretó el sueño como una señal
para llevar a cabo lo que
tanto había planeado.
Victoria Aribau
era metódica en su rutina: ducha de agua helada nada más levantarse, veinte minutos
de meditación, veinte
de pilates y otros veinte
de resolver sudokus.
A las seis de la mañana ya
había mejorado como persona. Trabajaba para una empresa tecnológica que
empezaba la jornada a las ocho de la mañana. Pero era festivo, así que no tenía
que ir a la oficina. Salió a correr por el pueblo al que se había mudado hacía
dos años por amor. Un amor que se había desvanecido con el primer invierno y
ahora solo la abrigaba la soledad y la venganza.
Se enfundó
en unas mallas, un top, una chaqueta
de tela fina y el último modelo
de tenis. Parecía que flotaba entre las palmeras
del paseo marítimo.
Olía a sal y a cal. A humedad
y a tierra mojada. Había chispeado. Corría más rápido que una presa porque se
sabía cazadora. Aún no había amanecido. El alba
llegó en pocos minutos.
Se bañó en el
agua helada del pleno diciembre. De nuevo, para mejorar como persona. Volvió
a casa con el sol dándole la
enhorabuena y un arcoíris abriéndole el paso. Se secó el pelo rizado evitando que se enredara
en el ventilador. Se untó aceite de lavanda en la piel y se pintó
los labios con carmín del color de unas mejillas
sonrosadas. Se vistió
con el camisón de algodón
heredado de su abuela mientras canturreaba una melodía que ni siquiera ella
podía descifrar.
El desayuno
favorito de su expareja eran los huevos revueltos con jamón york y dos tostadas con aceite y tomate. No podían faltar
el zumo de naranja y el
café solo, cuanto más oscuro mejor.
Le hizo un homenaje y lo preparó
exactamente como lo hacía cuando esa misma cocina era testigo de su
pasión. Deslizó las yemas de los dedos por la encimera de mármol negro y gris.
Recordó la primera vez que la apoyó sobre ella y le hizo el amor con la misma
dureza que la de la piedra. Encendió el fuego de la vitro, esperó unos segundos, y acercó la mano al círculo rojo tan cerca que casi se quemó. Se sabía viva. Fuerte. Posó la sartén y
cascó los huevos.
Después de limpiar los utensilios, se sentó en el sofá con el culo al borde, sin apoyar la espalda. Observó que el libro de Truman Capote seguía perfectamente colocado en la mitad de la mesita de café. El chirrido de unos gorriones la sobresaltó. Los gorriones. Pronto sería libre. Lo abrió por la página doscientos veinte y leyó durante veinte minutos. En realidad, era la tercera vez que lo releía. Solo repasaba las letras para que no se le olvidara ningún detalle de la historia. Mientras, los pájaros continuaban chillándole que había llegado la hora. Cerró el libro como si las hojas fueran de agua, se levantó, se sacudió las arrugas del camisón y salió a la calle con las zapatillas de andar por casa. Las mismas que su ex le regaló y que estaban descosidas por la suela.
Cuando aún
vivían juntos, adoptaron un cachorro que mordía cada objeto que se le pusiera por delante. Daños colaterales. Pero el perro se escapó
y nunca más le volvieron a encontrar. Ese fue el detonante de su separación. Él creyó que había sido ella quien
le había hecho desaparecer; y ella afirmaba que había sido culpa de él.
El cachorro se llamaba
Milo y su llanto era más agudo que el de
los gorriones. Cuando él estaba en casa, lloraba.
Cuando ella estaba,
dormía y le dejaba sus zapatillas para que
se entretuviera. Lo estuvieron buscando un par de semanas hasta que se dieron
por vencidos. Después de Milo, la que más lloró fue ella. Tanto que inundó
el hogar de pena.
Antes de salir por la puerta,
comprobó que tuviera
las llaves. Fue a meter la mano en el bolso,
pero se encontró
con un vacío inesperado. Se le había olvidado cogerlo.
El bolso era importante. El
corazón se le aceleró provocando un terremoto que tambaleó su compostura. Lo agarró de un tirón y salió. Eso había sido un despiste en absoluto común en ella. Era el día y su plan no
podía tener fisuras.
Los gorriones la
guiaron hasta el bajo con jardín en el que vivía su pasado. Observó a través de
la valla que cercaba la hierba si había alguien dentro. Sí. Su ex. Como estaba
planeado. Se agarró al bolso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron rojos.
Dio un par de vueltas al perímetro de la vivienda, contando hasta diez y vuelta
a empezar. Le había llevado casi un año desde la ruptura poder estar ahí. A
menos de cincuenta metros del hombre que le cambió la vida.
Él era como ella: metódico y del club de las cinco de la mañana. Eran tan perfectos que el cero parecía inacabado. Pero haber perdido el perro era imperdonable para ambos. Una mancha en su currículum, un fallo al que apuntar. No pudieron mirarse a la cara sin culparse el uno al otro. Antes de eso, la casa olía a rosas frescas, a sudor dulce, a canela y fruta de la pasión.
Así que esa mañana,
cuando se encontró con Milo en el paseo marítimo, no dudó ni un segundo que él
sería el puente para conseguir su objetivo.
―¡Milo! ¡No me lo puedo creer!
¡Ven con mamá!
Y Milo fue. Sin
darle ninguna explicación de dónde había estado. Sin darse cuenta de que mamá
ya no era la misma. Que la mamá que dejó hacía un año olía a chimenea y
chocolate caliente y esta olía a metal, a pesar de su sonrisa aparentemente
angelical.
Victoria, ante tal
hecho, se descubrió irritada. Lo que en un primer momento fueron fuegos
artificiales, al tenerle de frente, un año más viejo, se convirtió en granadas
de asco. El reencuentro le trajo malos recuerdos que no quería desenterrar.
Además, el perro estaba andrajoso, con olor a calle, a tabaco. No podía
permitir que esas almohadillas pisaran su suelo de mármol blanco.
Lo cogió en brazos
y corrió dando zancadas inestables. Milo pesaba más desde la última
vez. Para que nadie los viera, cubrió su cuerpo con la chaqueta. Siguió el mismo ritual que se aplicaba a sí misma:
le dio una ducha fría y lo impregnó de lavanda. Tenía que alimentarle, así que compartió el desayuno en honor al papá solo porque no era una mala
persona. Y después, un rato de lectura
y descanso, ya que los gorriones le habían llevado hasta él. Hasta Milo y hasta su
ex. Sacó las zapatillas de la parte de arriba del armario. Las había guardado por si volvía algún día. Las reconoció enseguida y se abalanzó sobre ellas. Le resultó imposible zafarse
de él para poder vestirse.
―¡Milo! ¡Para!
Pero Milo no le obedeció. Así que
se resignó a quedarse en camisón.
Se quedó mirando cómo movía la cabeza frenéticamente de un lado a otro, cómo gruñía, cómo babeaba el suelo. Cómo le
recordaba a su ex. Al que perdió por su culpa. Al que estaba dispuesta a
recuperar. Sintió cómo algo en su pecho se quebraba, con un ruido tenue pero
irreversible. Y cambió de objetivo. Lo que en un principio sería el día de la
reconquista, se convirtió en el de la venganza.
Él decidió separarse de Victoria porque la única descendiente de la familia Aribau ―así se mencionó ella misma ante el juez―, cambió tras la desaparición de Milo. En lugar de levantarse a las cinco, se levantaba a las diez; se duchaba con agua hirviendo; comía pelotazos y barras de pan a bocados. La admiración se diluyó entre la rutina disgregada y no pudo ayudarla. Cayó en una espiral autodestructiva. Su cerebro no era capaz de segregar serotonina. Tan pronto como pudo, se marchó para no contagiarse. De acuerdo con Victoria, fue por el perro y por la versión de ella que se perdió por los laberintos de la depresión. Por eso, después de darse cuenta de que no volverían ninguno de los dos, se afanó en volver a ser la Victoria de siempre. Día a día y con el claro objetivo de recuperar al amor por el que se había mudado a aquel pueblo.
Pero el
reencuentro con Milo le reveló algo en lo que no había reparado hasta ese
momento: guardar lo que estaba roto solo servía para ocupar espacio. Había
estado equivocada. Se dio cuenta de que volver
con él era inútil porque
él no la quería. Se había
empeñado en perseguir un amor que también había desaparecido. Debía abandonar
aquella vida en el pasado «de una vez por todas». Dejó que siguiera
acribillando a la zapatilla. Y, antes
de matarle, le dio un último beso en el lomo. Ante el juez afirmó que fue un impulso irrefrenable. Se
apoderó de ella un pensamiento tenaz que la instigó a acabar con su vida. Milo
no merecía estar vivo después del daño que les causó. Metió en el bolso su
cuerpo inerte. Se mezcló la lavanda con la muerte, y fue a casa de su ex para
enseñarle lo que había conseguido dejándola.
Frente a la
puerta, aún vacilante, decidiendo si llamar o no, oyó el murmullo de los
vecinos. Entonces reparó en su aspecto. Era demasiado tarde para volver sin
llamar la atención y él ya la había visto por la ventana. El bolso provocó que
Victoria estuviera inclinada hacia delante. En posición de ataque. Antes de oír
el ruido del mecanismo de la puerta,
echó un vistazo al cielo. Parecía que se estaba nublando y el arcoíris
se había esfumado. Él le abrió
antes de que pulsara el timbre. No era la primera vez que iba a visitarle
después de dejarlo, aunque habían pasado más de seis meses desde la última vez.
―¿Qué haces aquí?
―No lo sé.
―¿No lo sabes?
―No.
―¿Y qué haces
con el camisón de tu abuela? ¿Y esas
zapatillas? ¡Por Dios! ¿Se puede saber qué te pasa en la cabeza para venir aquí así?
Victoria, por favor. Ya lo hemos hablado mil veces. No voy a volver contigo.
Victoria hizo oídos sordos y paseó con Milo por el salón ajeno. Su expareja la miró con el ceño fruncido, pero no la frenó. Permitió que curioseara porque, en boca de él, le daba pena. «Cómo no iba a dejarla. Se presenta en mi casa con esas pintas, desorientada, sin poder darme una explicación. No soy de piedra señor juez».
Se paró en seco en frente
de un marco con una foto de él y de Milo.
La cogió y acarició
el cristal. «La vi coger el marco. Más pena me dio todavía. Pensé que se había
puesto triste o algo así al ver la foto de Milo». Devolvió la foto a su sitio y
le dijo a su ex que iba al baño.
Se echó agua helada en la cara, el terremoto le hizo temblar
los pies. Afuera empezó a llover.
―Victoria, ¿estás
bien? ―le preguntó
al verla salir pálida
como un enfermo
terminal.
Y los gorriones le martillearon la cabeza. Y la tierra se estaba
mojando. Y el cuerpo del perro se estaba pudriendo. Y ella con
él. Y no le salieron las palabras de la boca. Solo le salieron graznidos
inmaduros que pedían clemencia. Se limitó a abrirle el bolso delante de la
cara. Y sonaron unos truenos cada vez más cerca. Un nubarrón negro se posó
sobre ellos. Unas luces azules les iluminaron a lo lejos y ya no hubo forma de
recuperar la relación: diluvió una sentencia que les separó para siempre.
«¿Y qué hizo usted cuando vio al
perro en el bolso?»
«Llamé a la policía de inmediato.
No lo podía creer».
«Entonces, usted no sabía que Milo había
aparecido, ¿no?»
«Claro que no».
«Y ¿dónde se encontraba
esa misma mañana?»
«En mi casa. Durmiendo. Ya se lo he
dicho».
«¿Puede alguien confirmar su coartada?»
«No».
«Y usted, Victoria,
¿dónde estaba esa mañana?»
«Señor juez, ni
siquiera sé de dónde estaba. Apenas recuerdo ese día. Lo siento, de verdad que
lo siento. Yo... No sé qué pasó. Soy inocente, se lo juro».
Pero su inocencia jamás se probó.
El día en que lo
mató, Victoria Aribau soñó con una libertad que tardaría años en alcanzar.
¿Qué os ha parecido? ¿Qué título le pondríais vosotros? Además, si os ha inspirado a escribir algo relacionado, o no, ¡ponedlo en los comentarios! ¡Os leo!
Nos leemos y escribimos el próximo domingo con más títulos e historias. Gracias❤️
Todos los derechos reservados. La copia del texto para fines creativos/comerciales y/o concursos queda prohibida. Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual.
Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué os ha parecido el relato? ¿Qué título se os ocurre a vosotros? ¡Dejadlo en los comentarios! ¡Os leo!