Todo es mentira

Aquí tenéis el relato de este viernes, del que ya os lancé una pista en mi Instagram (@claudiatevarcrespillo). Ahora podréis unir las imágenes del collage y entenderéis el significado de cada una...

Para vosotros, escrito con todo mi corazón y todo mi cariño, 

Claudia Tevar Crespillo

Posible título: Todo es mentira

Estoy sentada en la silla del escritorio de mi habitación admirando el panel que he estado preparando tanto tiempo. La pared muestra orgullosa el trabajo de estos tres años. Observo las fotos de él y de ella, juntos, separados, en distintos momentos de sus vidas. Me fijo en el plan minucioso que he trazado, las fotos conectadas por hilos rojos de obsesión. También me rodean desperdigados por toda la mesa infinidad de poemarios y apuntes que he ido recopilando. Ahora todo está en su sitio; lo he conseguido. No ha sido fácil, he tenido muchas dudas. Por momentos no sabía si quería ser él o ella. Pero, en realidad, siempre lo he tenido claro: tenía que ir a por él.

Abro el ordenador y me dispongo a escribir la que será mi ópera prima; mi venganza literaria. Sin embargo, al cruzar las piernas, percibo el aroma de los fluidos aún vivos por mi cuerpo y me pongo cachonda. Me muerdo el labio en un intento de recordar sus mordiscos, sus ganas de devorarme. Lo revivo todo y lo escribo mentalmente para transcribirlo más tarde con detalle. Como si estuviera construyendo una historia con cada gemido, con cada roce. Cuando me descubro soñando despierta, rememorando lo que no debería haber sucedido, me freno. Había vuelto a caer en su red y estaba a punto de volver a dudar. A punto de rendirme ante su infierno y su paraíso. Vivir a su lado es como un cuadro del Bosco. Una fantasía que no se va a cumplir jamás. Un caos perfectamente ordenado dentro de un marco; fuera de él todo es mentira y lo sé. ¿Acaso es irracional doblegarse ante el mal? De ser así, carezco de razón y de cualquier otra cualidad que me permita alejarme de él. No quiero, pero debo. Mas deseo pegarme a su cuerpo. Como si mi piel estuviera hecha de metal y la suya fuera un imán. Afincarme en su lecho. Que una taza de la cocina sea mía y que mi cepillo de dientes descanse junto al suyo. Que los momentos de sofá y poesía sean eternos. Que su voz meza las horas y yo me pierda en su sinfonía. Que Biedma, Rosales y Panero nos acompañen en esta nuestra aventura. En nuestra Albada. 

La primera vez que quedamos se despidió de mí al más puro estilo del excéntrico Cernuda: sin nada más que una bata cubriendo su desnudez. Pensé que sería la última vez que lo vería, pues de lo contrario mi vida sucumbiría al fenecer del amor más decadente y deshonesto que te destroza hasta el último gen de la cadena. Aquella imagen debería haber sido un adiós en el umbral de una puerta que no debería haber vuelto a cruzar jamás.

La bata era azul oscuro, su pelo estaba revuelto, el vello del pecho le sobresalía por la tela algodonada y tenía una sonrisa de oreja a oreja convencida de que volveríamos a vernos. No sé si era arrogancia o miedo. Tal vez no quería quedarse solo. O peor, que lo olvidara. Aquella noche hice caso a sus halagos y ahora navego tranquila por el mar de sus mentiras haciéndolas mías. Obviando que la calma no es más que una ilusión de control inexistente; y yo no puedo perder el control.

Me dijo que aquel fin de semana se iba de retiro espiritual, por lo que aguardé hasta su vuelta como un perrito bien domesticado. Como una adolescente que espera el regreso de su príncipe azul. Me pasé el viernes, el sábado y el domingo contando las horas para volver a contactar con él. Pero, sobre todo, necesitaba volver a verle para seguir con mi plan. Con lo que no contaba era con volver a tenerle entre las piernas.

Antes de su partida fuimos a cenar. No era la primera vez que nos veíamos, pero sí la primera que quedábamos a solas. Tres años me costó conseguir un rato en intimidad. Me vestí a conciencia para sacarme partido. Un pantalón violeta de tiro alto que me realzaba las nalgas, una camiseta de una sola manga de satén de color verde oliva que dejaba al descubierto los hombros y unos pendientes largos de oro de los que caían rosas moradas. Nunca he sido dada al maquillaje, pero cuando quería triunfar me ponía máscara de pestañas para realzar los ojos.

―Tienes algo en la mirada. Me recuerdas a mí cuando empecé a escribir ―me reconoció a mitad de la cena.

A mí me habían dicho que yo tenía girasoles en los ojos. Así que supuse que se refería a eso. A la fijación con el sol, con la literatura. Acudí puntual a la cita y esperé expectante su llegada. A los pocos minutos le vi aparecer vestido de punta en blanco. Es profesor de Derecho mercantil en la universidad y poeta, no podía proyectar otra imagen que no fuera la elegancia mezclada con toques bohemios. Un traje de chaqueta de cuadros en tonos azules y muchos anillos en las manos. Más tarde descubrí que esos siete anillos que se quitaba y ponía todos los días eran pura fachada. Había que tener ganas. A mí me encantaba.

 Tener frente a frente a quien creía inalcanzable hizo que aquella noche perdiera de vista mi verdadero objetivo. Me dejé llevar por ese don de gentes natural en él. Por su manera de mirarme, me hacía sentir única. Tanto que, por unas horas, me creí su novia. Su voz era dulce, te acariciaba en bemoles, aunque luego descubrí que, en realidad, enmascaraban un aullido de lobo. Le admiraba como poeta. Su forma de escribir me atraía, esa facilidad para convertir cualquier escena un verso. Yo también quería escribir así. Nunca se lo confesé, pero me sabía de memoria todos sus poemas.

Nos saludamos con un abrazo y entramos. Hablamos hasta el cierre del local y continuamos la conversación en su casa. Su hogar, de hecho. En un edificio del siglo XIX con las vigas originarias a la vista por todo el techo y una terracita de ensueño. Me condujo por cada una de las estancias hasta su habitación. Quería quedarme a vivir ahí. Con él. Con sus abrazos. Con los besos que más tarde me regaló. Al mostrarme el cuarto principal, con una cama de matrimonio repleta de cojines, un armario sin puertas, todo ordenado al milímetro, las paredes con papel pintado de motivos florales y los vestigios de otras figuras femeninas que pululaban invisibles por el aire, me agarró de la mano, me atrajo hacia él y me besó con la seguridad de que no me echaría hacia atrás.

Llevaba razón al afirmar que, para ser la primera vez, habíamos conectado. Encajamos a la perfección, sin vergüenza, con pasión, sin prisa, con amor. Quizá fue el tiempo que hacía que nos conocíamos. O las veces que había visualizado el momento. Para fue natural porque en mi cabeza ya no cabían más imaginaciones. Lo hicimos dos veces. Nos dieron las tres de la mañana. A pelo. Colonizó mi interior dejando correr el semen por las trompas de Falopio. No existía nada más primitivo que follar sin condón.

Entre polvo y polvo nos acariciamos sin cesar el movimiento de los dedos, sin despegar el tacto de las pieles. Cobijados bajo las sábanas, hablamos bajito para no hendir la atmósfera que nos envolvía. Aquella noche fuimos una pareja de enamorados. Sabía que era solo una ilusión, pero qué ilusión tan extraordinaria. Tanto que casi engullo las falacias que me aseguraban ser la única mujer que había tumbado en su colchón. La única aparte de su novia, claro.

Mantenía una relación desde hacía cuatro años. A pesar de que, en boca de él, hacía año y medio que no funcionaba. Ella trabajaba en otra ciudad y la distancia había menguado su vínculo; así que obvié la vida que flotaba entre los vestidos de ella, ordenados por color, el joyero repleto de pendientes largos y la foto de pareja del salón. No le juzgué. No me había engañado. Yo lo sabía. A sangre fría me volví ciega. Y, sin vista, dejé que él fuera mi perro guía, aun a sabiendas de que en cualquier momento moriría.

Extasiados, amparados bajo una luz tenue, sucedió algo que no previne. De la boca de él se escurrió un «te quiero» que impactó contra mi pecho y que descolocó todos mis esquemas.

―Aunque sea una locura, siento que te quiero ―susurró pegado a mis labios. Le tenía tan cerca que nuestros corazones se fusionaron en uno; haciendo resonar un latido nervioso, desacompasado, como una bomba a punto de estallar.

Me lo dijo como si se lo estuviera diciendo también a sí mismo. Como si quisiera convencerse, por un instante, de que era capaz de amar de verdad. De que no todo en él era pose; y quizá por eso le creí ―o quise creerle―. Di su amor como certero y claudiqué ante la muerte en forma de hombre con cara de ángel. Su te quiero me desvió. Me revolucionó las hormonas y, falsamente, creí estar enamorándome. A pesar de la agitación, no pasé la noche con él. Hui. Tanta intensidad me sobrecogió y necesitaba pensar con claridad. Decliné su invitación y, al atravesar el marco, volví a la realidad.

De no haber salido, en otro universo paralelo, no se habría despedido de apoyado en el quicio de la puerta con los testículos al aire. Me habría quedado a dormir. Creyendo que aquella cama algún día sería nuestra, olvidando por qué había empezado todo aquello. Aferrada a él, aspirando sus hormonas, dejando un camino de besos por cada centímetro de dermis, admirando las vigas como un paisaje que formaría parte de mi día a día. Me habría marchado al amanecer borracha de pasión y habría caminado por las calles como una niña pequeña con un juguete nuevo. Habría vivido pegada al teléfono ansiando sus palabras. Habríamos follado. Mucho. Muchísimo. Y me habría prometido que la dejaría. Mucho. Muchísimo. Más tarde me descubriría enganchada a su tóxica manera de quererme y no sabría salir de las vigas del siglo XIX. No decirle adiós aquella noche se habría convertido en mi condena y, lo que en su día fue puro fuego, acabaría reduciéndome a cenizas.

A la vuelta del retiro me escribió tal y como estaba previsto. Y, en ese instante, volví a ser una figura más de su gran colección. Eso hizo temblar los cimientos de mi plan. No es ninguna sorpresa, pues ya lo he avisado al principio. Hoy vivo enganchada a las métricas de un poeta ególatra que me vende humos como si con ellos cumpliera deseos. Y lo sé. Sé que no es más que palabrería. En otra vida me masturbaría con un vibrador de color fucsia y sería la imagen más cercana a nuestra relación. Sería, incluso, mejor, porque ese falo que se carga por corriente no miente.

La realidad es que él no es más que un gilipollas que se pone una bata sobre el cuerpo desnudo convencido de que le hace interesante. Pero que, en verdad, no denota más que su carencia de personalidad. Es un personaje. Un farsante que se dedica a entregar su cuerpo a la mejor postora que le manifieste lo extraordinario que es. Cuando estoy con él me absorbe, me adentra en su mundo y me engaña. Me convence de que soy la única. Me repite que con su novia no está bien, que la dejará, que no me preocupe. Pero, por detrás, está pintando diez cuadros más.

Lo que no he dicho es que no soy ninguna santa. Y, aunque estar con él me confunde, el marco me viene que ni al pelo; así que me aprovecho de él como él se aprovecha de mí. Le dejo que crea que tiene la sartén por el mango. Finjo ser su amante. Mas en realidad soy Mata Hari. Una espía de su vida como escritor porque quiero ser escritora.

Abro los ojos y vuelvo al panel. Tal y como empecé a trazar hace tres años, haré lo que sea necesario para que esta destructiva relación sirva de puente hacia una realización. Voy a dejar que me profane el alma para cumplir mi objetivo: cubrir mu desnudez con solo una bata mientras me quito los anillos.

Pienso copiar todos sus gestos, incluso los que me irritan: cada media hora se cruje los dedos como un maníaco; de tanto hablar de sí mismo se le seca la boca y tiene que tragar saliva, mojarse los labios y chasquear la lengua, en ese orden, se revuelve el pelo cada vez que sale de casa para darse un aire desenfadado, que en nada tiene que ver con su carácter calculador; y siempre sonríe. Hasta en el día más sombrío muestra los dientes. También me saca de quicio su voz. Parece una mujer. Y no es justo para las mujeres.

Voy con cautela, pues no puede darse cuenta de que me estoy apropiando de todo lo que le rodea. Esta mañana me he llevado un anillo de su casa. Al despertar juntos, he ido al baño y los he visto encima del lavabo. Ha sido un impulso. He agarrado el más grande y he cerrado el puño con fuerza para que no me pillara. Le he hecho el amor como si no pensara que es un hijo de puta y, mientras gemía mi nombre, he pensado que quizá él también necesitaba que alguien le creyera especial. Que su ego no era solo arma, sino escudo.

Al cabo de unas horas me ha preguntado por el anillo, a lo que me he limitado a contestar que no lo he visto. Lo llevo puesto en el pulgar derecho. Acaricio la circunferencia. La plata fría me devuelve al portátil. Declino los recuerdos, me limpio en el bidé y vuelvo a mi meta: si para ser autora tengo que dejar a un lado la moral, lo haré. Aprenderé de este mi maestro, en silencio, atenta. Escuchando los poemas que me relata, copiando los suyos, adueñándome de sus contactos. Fingiré ser dócil, mansa, y atacaré por la espalda. Le devoraré y me convertiré en él. El clímax será el fin que justifique mis medios.

Aquí y ahora, soy escritora. Releo sus versos, estudio sus rimas y escribo. Inmersa en la historia que estoy relatando, oigo el sonido de las teclas del ordenador como un metrónomo que me indica el ritmo. Con el plan trazado en la pared, recibo un mensaje suyo:

«Sé que el anillo lo tienes tú».

Pero no le contesto. Tampoco se lo voy a devolver. Lo estoy consiguiendo. Aunque haya dudado, aunque me haya descubierto en los momentos de flaqueza queriendo ser ella, me crujo las falanges y sigo escribiendo.

¿Qué os ha parecido? ¿Qué título le pondríais vosotros? Además, si os ha inspirado a escribir algo relacionado, o no, ¡ponedlo en los comentarios! ¡Os leo!

Nos leemos y escribimos el próximo domingo con más títulos e historias. Gracias❤️

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