La vida te cambia con un diagnóstico

Aquí tenéis el relato de este viernes. Como publiqué en mi Instagram (@claudiatevarcrespillo), a continuación vais a leer uno de los relatos más íntimos y más extensos en el que mi abuela es el eje que lo sustenta.


Hace poco más de un año, mi abuela favorita del mundo falleció. Su ausencia sigue haciendo mella en esas llamadas que ya no se descuelgan, en esas risas vacías, en los amaneceres sin sus saludo al sol. Pero lo que aún no se ha ido es su amor. Y por eso no dejaré de recordarla, de sonreírle y de escribirle. Porque mi abuela era increíble y la llevaré siempre conmigo.


Para vosotros, escrito con todo mi corazón y todo mi cariño, 

Claudia Tevar Crespillo

Posible título: La vida te cambia con un diagnóstico

Yo sabía que iba a ocurrir. Por eso esa noche dormí con el móvil en la almohada, porque esperaba la llamada de mi madre avisándome de que ya no volveríamos a abrazarla. Así fue; mi móvil zumbó con fuerza a las tres de la mañana, anunciando el fin de la vida. Ya estaba preparada. La noche anterior me había lavado el pelo y me lo había planchado con esmero, había dejado lista la ropa de luto y había escrito un poema para darle el último adiós en su funeral. Al terminar la llamada, me vestí, me peiné los mechones rebeldes y encendí el motor del coche en dirección a la que para mí siempre será la casa de mi abuela.

Conduje llorando todo el trayecto. Intentando hacerme a la idea de que cuando llegara, la muerte me estaba esperando. Pero no lo podía creer. Era la primera vez que vivía un fallecimiento, no sabía qué se sentía, cuáles eran las sensaciones, qué era lo que me esperaba. Sabía que lo superaría, pero el dolor era inevitable. Aparqué entre sollozos, vi el coche funerario estacionado en frente del portal, y los vellos de los brazos se me estremecieron. En ese momento, deseé el imposible que cualquier persona desesperada habría deseado. No puedo dejar de emocionarme al rememorar aquel momento: ese instante antes de poner un pie en el hogar en el que mi abuela me había criado.

A veces, la felicidad me entristece. Me gustaría poder llamarla y compartir con ella todos los momentos. Contarle lo que me ha pasado desde que se fue, reírnos juntas y enfadarnos también; cualquier cosa con tal de sentirla una vez más.

Abrí la puerta con mi juego de llaves. No saludé al entrar. Me dirigí directamente a su cuarto, esperando constatar la verdad de esa nueva realidad. Y la vi. Acostada, muerta, boca arriba. Como si durmiera. Aún no se la habían llevado. Y rompí a llorar. Me quedé en el quicio de la puerta sin poder mover ni un músculo. Tampoco quería entrar. Mi abuela ya no estaba ahí, solo su cuerpo y eso era sagrado. Al cabo de varios minutos mi tía se percató de mi presencia. Allí estaban mi madre, Noemí, mi tía Luisa, mi tío abuelo Antonio, mi prima Eva, mi tía Anahí y mi tío David.

Luisa me rodeó y sentí como su abrazo intentaba rodear un hueco que no podía llenarse. Me zafé de ella e impedí que nadie se me acercara porque no existía consuelo alguno para asumir su fallecimiento. En ese momento solo quería estar a solas y dialogar conmigo misma para aceptar que mi abuela se había ido. Necesitaba regodearme en la pena, atravesar el dolor, despedirme de ella sin lágrimas ajenas. Desde entonces, he decidido que no quiero volver a ver a ningún cuerpo más sin vida.

Mi abuela ya no estaba, solo había materia, una masa más en el espacio. Ya no quedaba ni rastro de su olor fresco. También se llevó consigo su voz aniñada con la que descolgaba el teléfono cuando la llamaba, con esas ganas genuinas de hablar conmigo; el tono arisco y hosco con el que alguna vez me recibía cuando pasaba más de una semana sin visitarla, pero que a los cinco minutos se mitigaba. Con ella aprendí que, cuando existe amor honesto y desinteresado, los enfados pasan a la velocidad de la luz; su perdón no entendía de orgullo y la mano estaba tendida cada día para brindar cariño, atención y comprensión. Con ella aprendí a lo que aspirar en una relación. Pero cuando la observé horizontal, sin respiración, sin color en la piel, comprendí que ya no había nada que ver. Lo único que me quedaban eran los recuerdos y lo que me había enseñado.

El personal funerario se llevó su cuerpo y nos reunimos en la cocina para concretar a qué hora y en qué coche nos repartiríamos para ir al tanatorio. En la casa dormimos mis dos tías, mi tío, mi madre y yo. El resto se fue; los veríamos de nuevo en pocas horas. Mientras comentábamos quién faltaba por avisar, yo estaba de pie, apoyada contra la encimera helada de la cocina. La luz blanca de la lámpara, que llevaba casi toda mi vida ahí puesta, empezó a resultarme angustiosa. Como si me estuvieran haciendo un interrogatorio, intentando averiguar quién había matado a mi abuela cuando no había sido nadie más que el cáncer. El murmullo de los que estaban ahí me atosigó, se convirtió en un nubarrón negro cargado de una humedad aplastante que me acechaba y me dejaba sin aire. Me sentí atrapada en una atmósfera hostil que amenazaba con hundirme, así que me fui. Me dirigí a la puerta y la dejé tras de mí sin pronunciar ni una palabra. Una vez en el portal, el coche funerario ya se había ido, di la vuelta a la manzana para alejarme de la casa y rompí en un llanto que retumbó por todo el pueblo.

Esa noche no hubo vecino que no me escuchara. Me desgarré la garganta implorándole a Dios o a quien fuera que volviera. Solté en un grito parturiente el sufrimiento por haber perdido a la persona que más quería. Más que a mi madre. Más que a mi padre. Más que a nadie.

Me senté en la acera con la respiración agitada. El pecho se me inflaba y se me deshinchaba con velocidad. Recogí las piernas hacia el abdomen y me refugié en el hueco que quedaba entre las rodillas. Debía acostumbrarme a la soledad. A no volver a entrelazar nuestras manos. La suya ajada, huesuda y venosa. La mía tersa, suave y carnosa. Prefería quedarme en la calle a volver al último lugar en el que estuvo con vida. El mismo en el que había pasado tantas horas y el que también sentía mi hogar. Pero sin ella esa palabra perdía su significado.

Y pensar que todo había empezado solo dos meses antes... Le diagnosticaron cáncer de útero con metástasis por el abdomen, las lumbares y los pulmones. Aunque tardaron demasiado en dar el diagnóstico. Podría también quejarme y denunciar en qué situación tan decadente se encuentra el sistema público sanitario español, mas me quedaría corta y tampoco es mi objetivo. Pero menuda putada y qué mal va España.

Hacía meses que mi abuela se quejaba de un malestar inespecífico, tenía la barriga hinchada, parecía que estaba embarazada de mellizos, se le dormían los pies y se encontraba cansada. Acudía a su médico de cabecera cada dos por tres, pero a este en ningún momento se le ocurrió que mi abuela podría tener un tumor que la estaba fagocitando. Un día no pudo soportar más el dolor en el estómago y mi madre la llevó al hospital. Ese día la ingresaron. Ese día yo estaba en Canarias de vacaciones.

La relación con mi madre es compleja por no decir infernal o ciclotímica; así que cuando recibí su llamada, me alarmé. En esa isla de ensueño, al ver su nombre en la pantalla supe que se avecinaban malas noticias. Ella no sabía que estaba en Canarias. No se lo había contado porque apenas hablábamos. Como he dicho, nuestra relación apenas podría denominarse así. Me contó que iban a ingresar a mi abuela, pero que aún no se sabía qué le pasaba. Si no recuerdo mal, aquello sucedió un viernes. Yo volvía el martes de la semana siguiente. Tampoco le había contado a mi abuela que me iba a Canarias porque, a pesar de que la quería más que a mi vida, exigía tiempo y amor, así que si me iba de viaje antes que ir a verla pensaría que había dejado de quererla. A veces decidía callarme ciertos detalles de mi vida para evitar conflictos. La llamé y me inventé que estaba liadísima en el trabajo, pero que el martes que tenía el día libre iría a verla. Como no sabíamos qué le pasaba, disfruté de las vacaciones. Obviamente, estaba preocupada por ella, pero decidí tomármelo de manera estoica. No me puse en escenarios catastróficos porque no sabíamos nada. Comí papas con mojo, gofio y polvito uruguayo mientras el cáncer la seguía consumiendo.

El martes, nada más aterrizar, fui en su búsqueda. Le habían asignado una habitación con una mujer extranjera que no recibía visitas. De hecho, la única compañía que hubo durante las dos semanas que estuvo ingresada fue la de nuestra familia. Me recibió con los brazos abiertos, no sin antes preguntarme qué me había llevado tanto tiempo para ir a verla. A pesar de su enfado, con un par de besos y muchos abrazos, la cara mustia le desapareció.

Al día siguiente, el miércoles, nos enteramos de que su final era inminente. Esa mañana no fui al hospital. Me desperté tarde, cansada del viaje, así que fueron mi tía Luisa y mi madre. Mi tía Anahí vivía fuera de España, por lo que a ella la manteníamos al tanto por teléfono. Llegaron al mediodía y, al entrar a la casa, exorcizaron al demonio que se había instalado en mi abuela.

―Uy, qué caras traéis. ¿Qué pasa? ―les pregunté al verlas entrar por la puerta.

Hubo un silencio. Uno de esos que no auguran buenos presagios. Uno de esos que te aceleran el corazón.

―¿Qué le pasa a la abuela? ―inquirí de nuevo.

―La abuela se está muriendo ―contestó mi madre con las lágrimas saltadas.

―¿Qué? ―repliqué incrédula.

―A la abuela le quedan meses de vida. Tiene cáncer.

―¿Esto es verdad? ―le pregunté a mi tía, quien no había abierto la boca desde que había entrado.

Se limitó a asentir, con la cabeza gacha, afligida por la noticia.

―Ahora vuelvo ―sentencié.

Cuando estoy sobrepasada emocionalmente, necesito salir a la calle, refugiarme en el aire, en el camino, en una salida; así que caminé y caminé interiorizando lo que me habían dicho. No dudé en llamar a mi mejor amiga Laura. En cuanto descolgó la llamada y escuché su voz, no pude contener el llanto. Aguardó hasta que pude articular palabra y me limité a decirle:

―Tía, mi abuela se muere.

―¿Qué?

―Sí, tiene cáncer y el médico ha dicho que le quedan, como mucho, tres meses de vida.

Después de eso conversamos sobre la posibilidad de un diagnóstico erróneo, dijimos que los médicos eran muy catastrofistas y que se ponían en lo peor, que seguro que mi abuela aguantaba más, que mira al vecino del sexto que le dieron dos meses y un año después todavía estaba vivito y coleando. Y sí, a veces los diagnósticos erróneos suceden, pero no fue el caso y el no aceptarlo solo nos traería más sufrimiento.

Volví a la casa una hora después dispuesta a entender qué nos esperaba de ahí en adelante.

―Perdón, necesitaba tomar el aire ―les dije.

―Tranquila ―respondieron al unísono.

―Vale. Y ahora ¿qué?

Me explicaron que aún no sabían hasta dónde se habían extendido las células cancerígenas, por lo que mi abuela tenía que seguir ingresada. Pasamos dos semanas turnándonos para no dejarla sola ni un segundo y el tiempo avanzó impertérrito. A los catorce días nos dieron el diagnóstico final: no había nada que hacer. Aprovechar el tiempo que durara y despedirse de ella.

Al principio no supimos si era mejor decírselo o no. Mi tía se decantaba por el silencio. Entendía que era cruel hacerle saber que se moriría en cuestión de meses. Mi madre, por el contrario, abogaba por que mi abuela supiera la verdad. En lo que a mí respecta, a pesar de mis discrepancias con la que me dio la vida, estaba de acuerdo con ella. Mi abuela tenía derecho a saberlo.

Ella había sido toda su vida una mujer fuerte, valiente. Nació en plena dictadura franquista. Fue la hermana mayor de cuatro. No sé de dónde sacó los ovarios tan grandes que tenía. Fue una mujer adelantada a su época. No se doblegó ante ningún hombre, tampoco permitió que la ningunearan en el trabajo. La única de su familia en sacarse el carné de conducir, la única del pueblo en afiliarse a CCOO, las de la primera fila en las huelgas, en las manifestaciones y en lo que hiciera falta. La primera viuda también. Se casó a los veintiún años y a los veintidós quedó viuda con mi tía Luisa recién parida. ¿Cómo se las arregló? Con sudor, lágrimas, insomnio y callos.

Trabajó como una burra en bares, peluquerías, limpiando y cosiendo; y se encargó de formar a unas hijas que fueran igual de independientes. Conoció a su segundo marido siete años después. Con él estuvo hasta los cuarenta y dos años, edad a la que quedó viuda por segunda vez con dos hijas más a su cargo: Anahí y Noemí. A raíz de ese segundo deceso decidió dar por finalizada su vida amorosa. No volvió a relacionarse con un hombre más allá del carnicero que le vendía carne picada todas las semanas. El plato favorito de mi abuela era la pasta boloñesa. Todavía la recuerdo con la comisura de los labios manchados de tomate, disfrutando como una niña chica.

Así, con el recuerdo de mi abuela, las baldosas de la calle se me antojaban un espacio seguro. Desconozco cuánto tiempo estuve desgañitándome encima de ellas. Luisa vino en mi búsqueda, corriendo, azorada por mi estado. Apenas podía hacer otra cosa que no fuera llorar.

―Chata, tranquila por favor. Por favor ―me imploró―. La abuela te quería muchísimo ―me decía llorando―. Te va a acompañar siempre, pero necesito que respires, por favor.

Claro que sabía que mi abuela me amaba. Lo sabía más que nadie porque pasaba mucho tiempo con ella. Y no había día ―casi― que no hablara con ella. Por eso me resultaba imposible controlar la lava que me recorría el torrente. Como un volcán, expulsé cada materia que me recordaba a mi abuela: sus bucles castaños, sus ojos azules, su bigote rajado, sus labios pintados de rosa palo, sus piernitas finitas, su barriga.

Cada llanto conformaba una parte de ella. La fui construyendo a base de lágrimas hasta que la vi delante de mí, de pie, con la mirada triste. Tenía que recomponerme. Ella no quería verme así. Fui recuperando el ritmo natural de la respiración y cesé el llanto. Mi tía me ayudó a levantarme. Volvimos a casa, nos quedamos un rato charlando de temas triviales que nos distrajeron, y nos fuimos a dormir.

Cerrar los ojos era sinónimo de volver a resquebrajar los cimientos de serenidad que había construido, así que pasé la madrugada en vela, sin poder hablar con mi mejor amiga porque era tarde, sin poder refugiarme en ella. Como buena milenial, tiré de plataforma digital. Inicié sesión en Netflix y dejé que mi mente volara con Aquí no hay quien viva. Las desgracias de una inverosímil comunidad de vecinos me distraían de las propias.

Al amanecer, salimos de la cama desubicados. Como si nos hubieran teletransportado a un mundo distinto en el que ella no existía. La casa era la misma, pero nosotros no. Mi tía Luisa, quien acostumbraba a ser de humor picante y risa grave, andaba callada. Mi tía Anahí, la de la sonrisa eterna pegada a la cara, no había despegado los labios. Mi madre, correcaminos y torbellino, no se levantó de la silla hasta que dio la hora de partir.

Yo, en cambio, me levanté dispuesta a dejarla descansar en paz. Me lavé la cara, me ricé las pestañas y me vestí de luto ―sé que ya no está de moda, pero es mi forma de mostrar respeto y es como más cómoda me siento―. Pantalón y jersey negros a excepción de una chaqueta de color rojo cereza, que había pertenecido a ella. Al mirarme al espejo, me prometí no derramar ni una lágrima para que mi abuela me viera serena, en calma con su partida, abrazando el amor que me había regalado en el corazón. Decidí ser yo la que condujera hasta el tanatorio para centrarme únicamente en la carretera. Los coches me adelantaban; mas lo que ellos no sabían era que la prisa había dejado de existir. El tiempo se había agotado.

Llegamos mis dos tías, mi madre y yo. Al bajar del coche, ellas tres se dirigieron a la persona encargada de los velatorios y yo me quedé fuera. Hacía buen día. El cielo estaba despejado, el frío contenido, el silencio servido. A pesar de que la gente empezaba a llegar, no escuchaba nada. Estaba abstraída, refugiándome en mi propósito: mantener la calma para despedirme de ella.

Saludé a los que me dieron el pésame. Todo caras conocidas. Ninguna la de mi abuela. «La vida te cambia con un diagnóstico», susurré para mí. Su defunción me había transformado. Me notaba distinta. Más ligera. Con la mente abierta a la vida a pesar de la muerte. Entonces recordé el día en que decidimos contarle su diagnóstico. Nos reunimos Luisa, mi madre y yo con ella en el salón.

―A ver, ¿me vais a decir de una vez qué me pasa? No soy tonta. Me estoy muriendo, ¿verdad? ―nos soltó a bocajarro.

Las tres nos miramos sin saber cómo contestar. Cuál era la siguiente palabra correcta. Cuál decía la verdad sin crueldad.

―Sí, mamá ―escupió mi madre.

Ambas la miramos con deseo de estrangularla ahí mismo. ¿Cómo se podía ser tan descerebrada? ¿Tan impulsiva? Estábamos tan atónitas con su respuesta que no supimos qué más decir.

―No pasa nada ―se adelantó mi abuela―. No había que ser Einstein para averiguarlo. ¿Qué tengo exactamente?

―Cáncer ―respondió mi madre de nuevo, que se había colgado a sí misma el cartel de voz cantante.

Al escuchar esas seis letras juntas, a mi abuela se le cambió el semblante. La entereza que habían mantenido ante el final de su vida ahora se tambaleaba de miedo.

―¿Cáncer? Vaya. Esto sí que no me lo esperaba ―dijo con los ojos tristes, a punto de llorar―. Bueno, ya está. No pasa nada. Es lo que hay, ¿no? No podemos hacer nada, ¿verdad? ¿Me van a dar quimio?

―No, mamá. No hay nada que hacer. Está muy extendido.

―Pero ¿cuánto tiempo me queda? ―preguntó con temor a la respuesta.

Mi tía y yo aguardamos a que mi madre siguiera haciendo el trabajo sucio, mientras conteníamos el llanto para no agregar más drama del que ya nos rodeaba.

―Como mucho tres meses, mamá.

En ese momento mi abuela empezó a hacer cálculos. «Como mucho tres meses», la oímos repetir para sí. ¿Cómo se supone que se siente uno cuando se entera de algo semejante? Jamás podré ponerme en su piel. Ella se levantó y caminó de un lado para el otro delante de nosotras, mirando hacia el suelo sin decir ni una sola palabra. Los pasos la mantenían entretenida mientras asumía que tenía cáncer. Mi madre se quedó callada y nosotras nos limitamos a imitarla. Dejamos que mi abuela digiriera la noticia, que transformara el sonido en su presente y lo procesara cuando estuviera lista. Al cabo de varios minutos, volvió a hablar:

―Vale, no pasa nada, ya está. Al menos tenemos tiempo para despedirnos, ¿no? Pues ya está. No quiero veros tristes. Todo está bien. ―Tomó asiento de nuevo y en cuanto posó las nalgas sobre la silla, nos miró y sonrió entre lágrimas.

Nos abrazamos las cuatro, lloramos juntas y después nos recompusimos para empezar nuestra despedida. Mi abuela nos preguntó cómo sería el deterioro, si iba a sufrir mucho, si sería de un día para otro... Le contestamos que no sabíamos cuándo sucedería. De hecho, nadie podía; aunque el debilitamiento sucedería rápido, una carrera, la última. Sus ojos inquirían preguntas y respuestas a borbotones, pero ella sabía que eran en vano. No había nada que hacer, así que acalló los interrogantes y empezó a organizar con nosotras qué quería hacer antes de morir.

Las condolencias de mi tía abuela me distrajeron de mi visualización. Ella es Antonia, alias la tita Toñi. Apareció con su andador y con los labios pintados de rosa palo. Creo que no la he visto nunca sin maquillaje.

―Niña, ¿qué haces aquí fuera, que te vas a helar? Tira pa dentro, ¿no? ―me recriminó nada más verme en la entrada del tanatorio.

―Hola, tita. No te preocupes. Estoy bien. Ahora entro, ¿vale? ―le contesté con cariño.

―Bueno, bueno. Tú sabrás, ¡pero el culo lo tienes que tener ya como dos cubitos! ―me dijo entre risas.

―¡Tita! ―la reprendí con una sonrisa de las que no deben corresponder a la travesura, pero son inevitables―. Hay que ver como eres. Anda, tira. Ahora nos vemos.

La tita Toñi tiró para adentro no sin antes hacerme una pedorreta. Ella era la segunda de los cuatro hermanos. Solo se llevaba un año con mi abuela. Ellas dos eran inseparables y, a pesar de que mi abuela acabara de fallecer, mi tía no perdía su gran sentido del humor. Decidí hacerle caso y me atreví a poner un pie en aquel lugar.

Nada más entrar, no percibí el hedor a muerto que esperaba, sino que olía rico, a frutos silvestres. El espacio parecía una sala de estar, aunque peculiar, pues había expositores con urnas. De alguna forma, te sentías como en casa. La sala escondía ocho puertas donde se sucedían las últimas oraciones y los «descansa en paz». La habitación en la que se encontraba mi abuela era la número cuatro, que se encontraba al final del todo a la derecha. En medio de la sala había varios sofás para no abarrotar las salas privadas y a los extremos había helechos. Era un lugar agradable. Nada que ver con el hospital. Allí sí que olía a prohibido, a escatológico, a frialdad vestida de blanco, verde y azul. Sé que se salvan vidas, pero no puedo dejar de recordar que ahí fue donde mi abuela perdió la vida.

Antes de poder entrar a despedirme, me pararon por el camino varios familiares y amigos. No sabía si quería llegar a su encuentro o no, así que alargué los pésames todo lo que la conversación me permitió. Yo, que tanto rehuía de contar mi vida, me descubrí destripando hasta el más mínimo detalle porque la valentía de por la mañana me estaba abandonando. Cuando se muere un ser querido uno es fuerte a ratitos; y mi ratito ya había pasado.

Finalmente, miré frente a frente al número cuatro; mi número favorito es el tres, así que no me dijo nada. Desde que mi abuela falleció, pasé varias semanas buscando señales que me indicaran que ella estaba conmigo, protegiéndome, pero el cuatro no era ninguna señal. Solo era un número de sala y ella estaba dentro, muerta. Crucé el umbral. Mi madre me saludó y mi tía Luisa la imitó.

―¿La abuela está ahí? ―pregunté señalando al fondo de la habitación.

―Sí, cariño ―contestó mi madre.

―Pero ¿se la ve?

―No, no tranquila. El ataúd está cerrado.

―Vale.

Por nada del mundo quería ver de nuevo su cuerpo inerte. Me acerqué al fondo y descubrí que la pared daba a una habitación adicional cubierta por una vitrina en la que se veía el ataúd y la foto que habían escogido para darle el último adiós. Hice un puchero como un crío, esperando que el gesto frenara el llanto, en vano. Los ojos se me empañaron al ver su fotografía, tan guapa y rebosante de vida. Llevaba puesto un Homburg de color rojo pasión. Sonreía ampliamente a la cámara y había apoyado el dedo índice sobre la comisura izquierda, simulando una actitud seductora, aunque cómica. Vestía un atuendo elegante de pantalón y camisa y se había maquillado resaltando sus ojos azules con un delineado tipo Cleopatra. Y su pulsera. La que no se quitaba así le tuvieran que amputar el brazo. Sencillita, de plata con ocho circunferencias también de plata. Parecía un sistema solar en miniatura, simétrico y brillante. No dejaba de pensar cómo era posible que mi abuela ya no fuera a estar. Era tan raro...

Le di un beso al cristal, cerré los ojos y respiré intentando asumir lo que estaba pasando. Entonces apareció la tita Toñi. Al entrar, le habían entrado ganas de ir al baño, por eso no la había visto todavía.

―Tita, te dejo sola con ella ―le ofrecí.

―No, niña, no. Quédate conmigo ―me dijo cogiéndome de la mano.

―Claro, como quieras.

La miré de reojo. Se sentó a la sillita de su andador sin soltarme la mano. Se quedó en silencio, observando el ataúd de su hermana. Por el rabillo del ojo vi cómo le resbalaban las lágrimas y cómo negaba con la cabeza de un lado a otro. Me apretó con más fuerza y me pegó un tirón indicándome que me agachara para estar a su altura.

―¿Qué pasa, tita?

―Qué pena, ¿no, niña? Tu abuela te quería muchísimo. Quiero que sepas que para cualquier cosa que necesites voy a estar aquí para ti. No pretendo sustituirla, tú ya me entiendes. Yo también te quiero mucho y sé que la abuela estaría feliz de saber que nos tenemos la una a la otra. ―Se levantó del andador con mi ayuda y le lanzó un beso a su hermana.

―Gracias, tita.

―Gracias nada. Anda, vámonos de aquí que hay muchos viejos. ―Se secó los ojos y se agarró a las empuñaduras.

Solté una risa disimulada y la acompañé a la cafetería del tanatorio. Nos pedimos un café con leche y nos sentamos. Luego Luisa se unió y nos quedamos dándonos compañía, refugiándonos en el humo de la taza que se desvanecía en el alto techo del mundo infinito de los muertos.

Mi intención no era, en absoluto, pasar todo el día allí metida. Para el mediodía, quería volver a la casa, revisar el poema, ducharme, descansar la pena. Mi mejor amiga estaba al llegar. Aunque no la pude llamar la madrugada anterior, sí le dejé un mensaje. Antes de ir al tanatorio hablamos por teléfono y me dijo que se pasaría antes de irse. Justo ese día tenía un viaje a Barcelona; pero lo importante fue que pudo venir y yo se lo agradecí.

Aquel café fue mi salvación. La gente no suele molestar a nadie que está tomando algo. Es como si fuera un ritual que no puede ser interrumpido. Menear la cuchara, aunque ya se haya disuelto el azúcar, dar pequeños sorbos, soltar la taza, mirar el líquido, volver a mover la cuchara y volver a sorber. La gente te ve y piensa: «Vamos a dejarla. Se está tomando un café». Así que nadie se me acercó hasta que apareció mi amiga Laura.

Me fundí en su cuello, me derretí y me convertí en un río de soledad sin paisaje, sin curso, sin cielo. Ella me sirvió de mar y desemboqué en sus palabras, en su abrazo, en su amor. Sentí la necesidad de contarle de nuevo lo que había vivido, sacarlo para que no me pesara dentro.

Cuando terminamos nuestra charla, se acercó a mi familia a darles el pésame y aproveché que ella debía marchar para volver yo a la casa. Le dije a mi tía que quería comer algo, que si preparaba para ellos también o comían fuera. Me dijo que no preparara nada, que se las apañarían. «Mejor —pensé—. Quiero estar sola».

Ellos estarían hasta por la tarde. Yo ya no tenía nada que hacer. Probé mi suerte en el congelador y di en el clavo. Era habitual que mi abuela tuviera congelado algún túper con salsa boloñesa para cualquier antojo. Cocí la pasta, descongelé la salsa y degusté su receta como si la hubiera cocinado ese mismo día con sus manos. Mientras masticaba, pensaba en el día que había pasado. Haber estado con tanta gente me había abrumado. Por un momento deseé haberla conocido solo yo para haber tenido una despedida íntima.

En la casa habitaba un silencio transformado. No era el mismo porque ella ya no estaba. Todo era igual: el sofá, la mesa del comedor, la vitrocerámica; pero, en realidad, todo había cambiado porque sus manos ya no tocarían el terciopelo del sofá que había comprado tan solo dos meses antes del diagnóstico; tampoco sus yemas tocarían la inducción que su hija mayor le había regalado hacía un año; y ni siquiera volvería a sentarse a la mesa que con tanto esmero decoraba.

Mis tías y mi madre habían decidido hacerle un homenaje en la capilla del tanatorio a la mañana siguiente. Después, la incinerarían. Luisa me había pedido que le rindiera culto con un poema, ya que yo era la escritora de la familia, pero lo que ella desconocía era que lo tenía preparado desde hacía días. Quizá habría preferido que mi abuela fuera enterrada para tener un sitio tangible al que ir a visitarla. Pero ella detestaba las tumbas. Siempre decía que, para tener unas flores marchitas y polvo, prefería convertirse en este último, así que cumplimos sus deseos.

Fregué el plato, guardé en un túper la pasta que había sobrado y me tumbé en el sofá. Rodeada aún del aroma a incienso que encendía cada día, y el que se había adherido a las paredes, dibujé mi primera sonrisa desde su muerte. Bueno, la tita Toñi me había sacado unas cuantas, pero esa vez fue distinta. Esa vez fue gracias a los dos meses con los que contamos para despedirnos de ella.

El primer mes lo vivimos como los tíos de Resacón en Las Vegas. Mi abuela no perdió la dentadura ―no exactamente― ni tampoco se casó con un desconocido ―no exactamente―, pero nos lo pasamos del carajo. Algo bueno debía de tener aquel revés. Lo primero que nos dijo que quería hacer antes de morir era viajar a Canadá. Se vino arriba, obviamente.

―¿A Canadá, abuela? ―le inquirí incrédula―. Pero ¿tú sabes cuánto se tarda en llegar y lo que cuesta el vuelo? No nos da tiempo.

―Me he pasado, ¿no? —Las tres asentimos—. Bueno, pues entonces a Francia, a París, que está aquí al lado y no he ido nunca.

―¡Pues no se hable más! ―exclamó mi tía, que es la que más dinero tiene.

―Pero ¿cuándo? Que yo tengo que pedir los días en el trabajo ―añadí.

―No te preocupes, chata. Yo lo organizo y te aviso con tiempo.

―Vale. Pues nada. A París se ha dicho. ―Y me levanté a comerme a besos a mi abuela.

Dos semanas después cogimos un avión con destino al aeropuerto de Roissy. Llevar a mi abuela de ochenta y tres años no fue una tarea sencilla. Se le cansaban las piernas, le dolía la espalda y le molestaba cada acento extranjero que oía, pero solo con verle la cara al admirar el primer día la Torre Eiffel, mereció la pena.

El plan fue el siguiente: pasar cuatro días en París mostrándole cada rinconcito que había visto en su película favorita: Amelie. A partir del segundo día, la llevamos a la Plaza Saint Pierre, a la escalinata del Sacré Coeur, la paseamos por la calle Saint-Vincent, entramos al Café des Deux Moulins y, cómo no, visitamos la catedral de Notre Dame. Habría sido torpe por nuestra parte dar por hecho que mi abuela aguantaría el ritmo, así que alquilamos una silla de ruedas y la condujimos como un Ferrari por todos esos lugares. Ella estaba encantadísima, toda Francia le cedía el paso, los tenía a sus pies. ¿Quién no se sentiría dichoso ante tal situación? Olvidó por completo que tenía cáncer, y eso fue lo que nos llevamos.

El día que entramos a la cafetería, nos hizo una petición. Como moribunda, se había encaprichado del camarero: un francés de piel virgen, ojos oscuros y colágeno a borbotones. No le iba a increpar ni mucho menos, pero se le ocurrió que quería experimentar la sensación de que le hicieran un estriptis.

―¡Abuela! Pero ¿qué dices? A ver, una cosa es que te mueras, ¡y otra que un tío te enseñe la picha! ¡A tu edad!

―¡Oye! Que la que se muere soy yo. ―Había recuperado el sentido del humor y eso me encantaba―. No estoy diciendo que quiera ver un pene a estas alturas de mi vida. Digo que me gustaría que me bailasen sensualmente. Por ver qué se siente. Ten en cuenta que no cato varón desde hace cuarenta años. Venga, estoy segura de que sabéis cómo conseguirlo.

Y estaba en lo cierto. Mi madre navegó por internet y, en menos de cinco clics, contrató a un boys para esa misma noche. Le dimos a escoger a mi abuela, por supuesto. La mayoría no le gustaron. Decía que le parecían todos «muy de mentira». Demasiados músculos y caras bonitas. Ella quería un chico atractivo y no guapo de revista. Dimos con una página web que contaba con una amplia selección, así que después de dos páginas de hombres esculpidos por Miguel Ángel, dimos con el elegido. Se llamaba Henri, de metro ochenta y dos, moreno de piel, sin tatuajes, ancho de espalda, brazos fuertes, pero no de gimnasio, sino como de cargar kilos en un trabajo físico. No sabíamos nada de su vida personal, pero nos imaginamos que se había criado en un pueblo que, al madurar, se había convertido en un chico sexy que había decidido explotar su atractivo. La edad no salía, pero le echamos unos treinta y dos años. Pero lo que provocó que mi abuela se decidiera por él fueron los pelos. Cabellera negra, densa y kilométrica. Vellos crespos que le nacían de los pectorales y del nacimiento del pecado.

La llevamos de compras para la ocasión. Se agenció un vestido largo ―nunca mostraba las varices de sus piernas― de color negro con el escote en forma de barco cubierto de perlas brillantes y unas botas altas rojo granate de tacón bajo. También la llevamos a la peluquería para que la peinaran. Jamás había visto a mi abuela tan emocionada por algo tan... ¿banal, quizá? ¿Qué más daba?

Yo también estaba nerviosa, o incómoda. En el momento no supe identificar la sensación. Mi madre parecía ansiosa y mi tía, ella sí que estaba incómoda. Casada desde hacía más de cuarenta años, sentía que estaba cometiendo infidelidad, a pesar de la impunidad.

―Abuela, ¿qué? ¿Estás preparada?

―Nací preparada, niña.

―¡Pero bueno! Mírala qué chula ella ―le dije en tono burlón―. Pues nada, Abuela la preparada, en veinte minutos llega Henri.

Mi abuela mutó, llenó los pulmones y nos miró a las tres mientras cacareábamos acerca del próximo y último día.

―¡Eh! ―nos interrumpió―. Muchas gracias por esto, mis niñas.

La miramos con los ojos a puntito de estallar en una mezcolanza entre la pena y la alegría que no se decidía a brotar, así que la abrazamos entre todas.

―¿Sabéis lo que nos vendría bien? ―preguntó mi abuela―. Un chupito.

―Eso tiene fácil arreglo ―dijo mi madre.

Bajó aprisa al bar del hotel y subió con una botella de vodka caramelo y tres vasos de chupito. Nos sirvió y brindamos por «¡solo se vive una vez!». Después nos tomamos tres más y recibimos a Henri achispadas. Ella la que más. Llevaba sin beber más de diez años, pero esta ocasión lo merecía.

La llegada de Henri nos infirió cierta sensación de inferioridad. Como si acabara de entrar el Papa y nosotras fuéramos sus acólitas. Sin embargo, ese clima de sumisión ante lo inalcanzable se desvaneció. Éramos nosotras las que habíamos pagado. La rendición giró las tornas y él nos sirvió. Le indicamos a quién tenía que bailar y le dimos instrucciones de ser respetuoso en todo momento. Henri ni siquiera mostró asombro. Quién sabe qué tipo de trabajos habría hecho anteriormente.

Acudió disfrazado de campesino. Bueno, como el cliché de un campesino: un sombrero Panamá camel, una camisa a cuadros en tonos marrones, un peto ajustado de color verde militar y unas botas de cuero marrón chocolate. La cara de mi abuela al verle se aniñó. Se le ruborizaron las mejillas, se le empequeñecieron los ojos, como si no quisiera que le descubriera admirando su belleza, y le empezaron a caer diminutas gotas de sudor por la frente.

El chico se presentó, instaló un pequeño equipo de música y empezó el espectáculo. Durante los treinta minutos que duró, parecimos adolescentes que no podían estarse quietas por la efervescencia de las hormonas. Como una olla que expulsa el vapor por los resquicios de la tapa. Nos quemaba el culo y otra cosa. Ella estaba pletórica, la vergüenza se tornó en disfrute y no pudimos quedar más satisfechas. Pero, como he dicho antes, «Mi abuela no perdió la dentadura ―no exactamente― ni tampoco se casó con un desconocido ―no exactamente―»: quedó como anécdota que, en uno de los acercamientos pene-boca (sin llegar a felación), a mi abuela se le salió la dentadura y esta acabó encima de una de las botas. Nosotras no pudimos parar de reír, mientras que ella intentaba alcanzarla avergonzada y no lo conseguía. Estaba demasiado aturdida y solo daba manotazos al aire. Henri se ofreció a recogerla y se la dio con total naturalidad. Al terminar, le dimos propina y se fue.

Dormimos como bebés recién alimentados. Al día siguiente preparamos la gran sorpresa del viaje: la boda de mi abuela. Consigo misma. Después de ochenta y cuatro años de una vida marcada por la lucha, el esfuerzo y el insomnio de quien sabe que su mundo se puede venir abajo en cualquier momento, había llegado la hora de quererse por última vez y por encima de cualquier circunstancia. Además, se había puesto de moda eso de casarse con uno mismo.

Antes de viajar a Francia, le compramos un vestido blanco, vaporoso, largo y de manga larga; y un anillo de plata con una circonita cónica de color esmeralda. La llevamos hasta Notre Dame, esparcimos pétalos de rosas por el suelo con ella aún algo resacosa. En el hotel se había negado a ponerse el vestido, pero la convencimos bajo el chantaje de que solo sería una única vez porque se moría. Cuando terminamos de decorar el espacio, la levantamos de la silla y le hicimos saber qué hacíamos allí.

―Abuela, ya sé que no entiendes nada, pero ahora te lo explico. Te hemos traído aquí para que te cases contigo. Obviamente, dentro no puede ser. No nos dejarían y seguramente nos echarían, así que con la anécdota de anoche es más que suficiente. Hemos pensado que no podías irte de aquí sin vivir una boda que cierre el ciclo de tu vida. Después de todo lo que has vivido, te lo mereces.

―Pero ¿habéis armado todo este tinglao y me habéis vestido de mamarracha para que me case conmigo misma? Desde luego que ustedes no estáis bien de la cabeza. Qué vergüenza. Anda, recoged los pétalos y vamos de vuelta al hotel ―nos ordenó irritada.

―¿No te gusta la idea? ¿En serio, abuela? Jo, lo siento ―comenté apenada. Nuestra intención era buena; pero incluso con buenas intenciones uno comete errores―. Incluso habíamos comprado un anillo. Mira. ―Saqué el anillo de mi bolsillo y se lo enseñé.

―El anillo es precioso. Ni qué decir, pero esto es una tontería y nos está mirando todo el mundo. De verdad, gracias, pero quiero irme.

No insistimos. Lo recogimos todo y volvimos al hotel sin rechistar. El anillo decidimos regalárselo y el vestido me lo quedé yo de recuerdo. A la vuelta del viaje, comenzó su declive sin frenos. El mes más duro con diferencia. Aunque, al menos, logramos sacarla de España.

Estaba soñando con aquel episodio. Me había quedado dormida en el sofá. Me despertó el portazo de mi tía al entrar. Eran las seis de la tarde. Me desperecé y la saludé, pero por su rostro convertido en el de un monstruo, deduje que algo no muy bueno había pasado. Me contó que mi madre se había emborrachado en el tanatorio y había montado un espectáculo digno de telerrealidad. Se había puesto a llorar, a gritar, le hablaba a todos los asistentes, ofrecía cervezas. Una vergüenza que mi tía no le perdonaría. Al menos no en aquel momento.

Nos quedamos las dos en la casa, le enseñé el poema, que le conmovió, y nos pusimos una película de sobremesa para distraernos: La idea de tenerte. De mayor quiero verme como Anne Hathaway. Para las ocho mi tía Anahí ya había vuelto y mi madre estaba en su casa durmiendo la mona. Anahí nos contó lo complicado que le había resultado controlar mínimamente a mi madre, y después se tiró en el sofá como una manta. Le di la boloñesa que me había sobrado y cayó como un tronco. Entre los leves ronquidos de mi tía, Luisa y yo pusimos otra película: El diablo viste de Prada ―sí, nos dio por Anne―. En la escena del jersey azul cerúleo, que nos sabíamos de memoria, mi tía se despertó.

―Chata, ¿cómo estás?

―Bien, tía, supongo. No sé. Asimilando la pérdida.

―No has abrazado a tu madre todavía.

―Lo sé. No puedo.

A eso último no me contestó porque sabía que decía la verdad. No podía. Era consciente de que mi madre había perdido a su madre, pero no me importó. Ni siquiera pensé en cómo se podría estar sintiendo. Mi animadversión hacia ella y el dolor por la pérdida eran como las aguas del océano pacífico y del atlántico. En algún momento multiplicaría su dolor más el mío por cero para hacerlo desaparecer. Pero no sabía cuándo, ni tampoco podía forzarme a ello.

En apenas veinticuatro horas sería el homenaje en la capilla del tanatorio y la cremación. ¿Estaba preparada? No me quedaba otra. Nos despertamos a las ocho de la mañana, desayunamos con té, café y tostadas. Unos con aceite, otros con aceite y tomate y otros catalana. Yo, en cambio, me bebí un café solo y me comí una tostada con mantequilla y mermelada de naranja. Mezclar lo dulce con lo salado me parecía lo apropiado. El amor con el dolor, la vida con la muerte, el perdón con la herida. No había tenido tiempo de imprimir el poema, así que lo leería desde el móvil. En el comedor se percibía un clima nuevo. Todos respirábamos con más calma porque el duelo público estaba llegando a su fin. Un descanso para poder decirle adiós a solas. El homenaje empezaba a las diez, pero había que preparar el atril con una foto suya, los crisantemos para que los asistentes se los pusieran encima del ataúd y la música. Convocamos solo a veinte personas, la familia más allegada. Al llegar, se sentaron, consciente o inconscientemente, por orden de afinidad. Luisa dio comienzo a la ceremonia leyendo diez páginas escritas de su puño y letra que homenajeaban la vida de mi abuela. En un proyector se sucedían fotos de mi abuela con sus hijas, sus hermanos, sus amigas, de joven, de vieja, conmigo. De fondo escogimos la música que usaba para meditar y cuando practicaba reiki. Mi tía recorrió cada vivencia, desde su primer parto en plena calle hasta su último viaje a París. Mantuvo el tono firme, sin titubeos. Alguna pausa traicionera, con lágrimas contenidas y el temblor en las manos. Fue emocionante escuchar la pedazo de mujer que había sido mi abuela. Un ejemplo de valentía, coraje y esfuerzo. Escuché las palabras de mi tía mientras estaba absorta en la sucesión de imágenes hasta que su reclamo me sobresaltó.

―Ahora voy a dar paso a su nieta, que le ha escrito un bellísimo poema.

Me levanté del banco, le di un abrazo a mi tía y ocupé su puesto. Antes de empezar a leer, inspiré profundo, como cuando el médico te ausculta, y exhalé lento. En menos de dos segundos pude revivir los últimos dos meses como un impulso para leer el poema como se merecía. Sesenta días. Un segundo por mes. El último mes. El peor. Hice otra pausa. Sin respiración. Los tenía a todos en vilo.

Después del viaje a París, iba a visitarla todos los días después del trabajo. Una paliza si me preguntan, pero el tiempo se agotaba. La primera semana todo parecía normal. Y cuando digo todo es sus ojos, su pelo, su cuerpo. No había ningún indicador de decadencia. De hecho, parecía más sana que cualquier chaval de veinte años. La miraba y me preguntaba cómo se podía estar muriendo. La segunda semana advertí la pérdida de peso. La calavera, la percha, los palillos de dientes. El cuerpo de mi abuela se había convertido en una droguería. En una en la que solo entraba un cliente: el cáncer. Se lo comenté a mi tía y me dijo que no creía que aguantara mucho más. La tercera semana, todos nos alarmamos. Ella estaba con dolores insoportables. Ya no volvió a salir a la calle. No tenía fuerzas para caminar. Tampoco para hablar. Intentaba mantener una conversación, pero se cansaba pronto. Supongo que, después de ochenta y cuatro años, ya estaba todo dicho. El sábado de la última semana, la tuvimos que llevar al hospital de las punzadas que le daban en el estómago. Para entonces, mi abuela tenía más de medio cuerpo en el otro mundo. La tumbaron en una camilla en la que se retorcía y se movía de un lado a otro, como si quisiera quitarse una manta invisible que la mataba con el peso de la enfermedad. Sollozaba; gritaba al aire: «¿Por qué? ¿Por qué? ¡Ay! ¡Ay! Quiero irme a casa». Ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba allí con ella, cogiéndola de la mano mientras luchaba con un espectro con guadaña que quería llevársela. Pero mi abuela la confrontaba espetándole que todavía no, que todavía tenía que volver a casa. Hubo un pequeño momento de lucidez en el que probé suerte y le dije:

―Abuela, abuelita, estoy aquí contigo, ¿me ves?

A lo que mi abuela frenó en seco sus quejas giró la cabeza hacia mí, despacito, y con sus ojos azules, llorosos, verbalizó:

―Mi nieta... ―Y acto seguido rompió a llorar y a gritar.

Al cabo de varias horas logramos llevarla a casa en una ambulancia. En el hospital nos dijeron que ya solo quedaba esperar a que se muriera. Cuidados paliativos en casa y fin de la historia con final feliz para el hospital: una camilla libre en urgencias. La subieron unos chicos afanados y competentes. Era evidente que no era la primera vez que subían a un convaleciente a su casa. Lo hicieron con esmero, con cuidado de no rozarle con nada, ya que iban por las escaleras; y la dejaron acostada en la cama, de donde no volvió a salir. Eso fue un sábado. Al día siguiente, con la tranquilidad de saberse en su hogar, se durmió. No volvimos a ver más que sus cristalinos. La madrugada de aquel martes, falleció. Sería irrespetuoso relatar qué sucedió antes de su última bocanada de aire, así que no lo haré; pero si fue doloroso verla sufrir, aún más fue verla morir.

Eché un vistazo al ataúd antes de leer el título. Ya se había acabado. Ya no habría más hospitales ni más muertes. Al menos no de momento. Entonces era la hora de leer:

Remedios

Llora, que es bueno para los ojos.

Parpadea, que es bueno para los ojos.

Observa a tu alrededor y come de color:

Tengo melón, plátano, yogur, ¿un poquito de turrón?

 

Remedios, el mar de tu mirada aquieta mi pesar.

El mar de tu mirada disipa mi miedo.

El mar de tu mirada aviva mi felicidad.

 

Remedios, qué remedio si se me olvida ponerle la tapa a la olla,

si se me olvida reciclar,

las sábanas planchar

y la colada realizar.

 

Remedios, el océano de tus cristalinos arroja luz a mi destino

El océano de tus cristalinos abriga mi camino.

El océano de tus cristalinos impulsa mis latidos.

 

Remedios, no desesperes, que tu legado sabe lo que hay que hacer:

no poner los pies sobre la mesa;

no comer con la boca abierta;

y nunca, nunca dejar que nos quieran menos de lo que tú nos quisiste.

 

Abuela, tu alma abraza mi alma

cuando atraviesa las capas de lo terrenal.

Abuela, tu recuerdo refleja lo que fuimos tú y yo

cuando al mirarnos solo había amor.

 

Abuela, tu nombre no es casualidad.

Tú eres remedio y bondad.

Allá donde estés,

descansa en paz.

 

Mi abuela lo era todo para mí. No fui consciente de ello hasta su muerte; ella le daba sentido a mi día a día. Sus peculiaridades, su infantilismo tardío —pues los viejos son como críos—, sus creencias arraigadas a una educación basada en el sacrificio y en el catolicismo, su carácter, hacían de ella una mujer única y valiosa que me había dejado colmada de amor. Ella había sido quien me había ayudado a convertirme en una mujer adulta y ahora me tocaba seguir sola ―o no, pero esto lo descubriría más adelante―. Quizá, el duelo sea un acto para los que se quedan y no para los que se van. ¿Un acto egoísta tal vez? ¿O no? Qué más da. Algunos versos resultarán incomprensibles, sobre todo los del principio, pero decido también reservarme a qué aluden. Solo los que tuvimos la suerte de conocerla pudimos llorar, parpadear y comer de color con ella.

Después de mis versos, dimos por finalizado su adiós, posamos los crisantemos sobre el ataúd y la dejamos convertirse en cenizas. Comimos todos juntos y después separamos nuestros caminos. Verteríamos las cenizas al amanecer. Salía todas las mañanas, sin falta, a saludar al sol. Mis tías y mi madre escogieron una urna en forma de huevo de color blanco, que era biodegradable. No sé si mi abuela la hubiera escogido, creo que no. De todas formas, la decisión estaba tomada. A mí me parecía fea, como si no fuera lo suficiente respetable para albergar los restos de un cuerpo humano. Aquella tarde volvimos a refugiarnos en Anne Hathaway, admirándola en El becario. Justo la comedia que necesitábamos para originar un poquito de hormonas de la felicidad. La noche llegó con su fiel acompañante: el silencio del fin de un principio. En pocas horas nos despertaríamos y le diríamos hola al sol y adiós a la luna.

Nos dirigimos a donde mi abuela había dejado indicado: una coordenada más o menos concreta, en un punto de la costa rocosa en la que recordaba haber vertido a su segundo marido. Llegamos mi madre, mis dos tías, mi tío David y yo. Ese momento lo reservamos solo para nosotros. No estábamos lejos del mar, pero sí lo suficiente como para no atrevernos a lanzarla como si fuera una pelota de baloncesto y el agua la canasta. Decidimos que sería mi tío el que bajaría por las rocas para acercarse más. Ese día la marea estaba revuelta. Había corriente, las olas chocaban con la calcita y expulsaban gotas que volvían al mar. Presenciamos un intento frustrado de rabia. Era como gritar sin que te saliera la voz. Quizá por eso es habitual esparcir las cenizas. Para liberar el duelo y que no quede encerrado para siempre en un eterno mar gris.

El cielo estaba enfadado. De hecho, no pudimos ver el amanecer. Mi tío bajó con la urna en el regazo de la pierna izquierda mientras usaba la mano derecha para equilibrarse. Nosotros le mirábamos desde lo alto. Logró dar con una roca estable, se puso en cuclillas y justo cuando cogió impulso para lanzar la urna, una ola estalló de tal forma que mi abuela desapareció sin que pudiéramos verla. Mi tío quedó empapado y, de alguna manera, aquello nos hizo gracia. Nos lo tomamos como una venganza personal. Mi abuela y él no se llevaban muy bien. Mi tío trepó con cuidado, se reunió con nosotras y nos dimos un abrazo grupal. Ya estaba hecho. A partir de ese momento, solo nos quedaba transitar el duelo en soledad.

El camino de vuelta a casa se me antojó pesado y largo. Como todo el proceso. No quería más lágrimas, ni más «lo sientos», ni más abrazos. Tampoco quería que se volviera a morir nadie más, pero esto último era solo una rabieta. Dejé las llaves en el cuenco de la entrada y me quité la chaqueta. Coloqué en mi escritorio una foto nuestra que me había llevado de la casa, acaricié su pulsera que ahora llevaba yo, le lancé un beso y, antes de meterme en la cama, pulsé el botón de apagar.

¿Qué os ha parecido? ¿Qué título le pondríais vosotros? Además, si os ha inspirado a escribir algo relacionado, o no, ¡ponedlo en los comentarios! ¡Os leo!

Nos leemos y escribimos el próximo domingo con más títulos e historias. Gracias❤️

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