En la ventana me escondo

Como bien sabéis por la publicación de Instagram (@claudiatevarcrespillo), el relato de este domingo está inspirado en una vecina que vi un día mientras iba de camino hacia mi casa. La vislumbré en la ventana del lavadero, fumando, con expresión derruida y me fue inevitable no coger aquella escena para el blog. He aquí el resultado. La foto de la ventana en cuestión la tenéis en la publicación de mi Instagram por si queréis verla.

Escrito con todo mi corazón y todo mi cariño, para vosotros, Claudia Tevar Crespillo. 

Posible título: En la ventana me escondo

Pongo la boca como si fuera a pronunciar el «no» que tantas veces debí decir y observo como los círculos de alquitrán se esfuman flotando por los barrotes de la ventana. A pesar del aspecto carcelario del momento, estas rejas me ayudan a respirar. Creo que es la cruz que forman los barrotes. No sé a qué clase de arquitecto se le ocurrió vestir estos edificios con estos hierros, pero ha resultado en una imagen casi religiosa ―en este barrio todos hemos cometido pecados―. Su forma me infunde esperanza. Cuando las cosas se ponen feas me vengo aquí, a la ventana del lavadero, y contemplo a través del hueco las vistas periféricas: edificios de quince pisos con la ropa tendida por fuera, parques con los columpios enrollados y coches aparcados en doble fila con el freno de mano quitado. Quizá no sea el paisaje más ideal, pero desde luego es mejor que lo que me espera dentro, en lo que un día fue mi hogar.

Saco la cajetilla de Marlboro del bolsillo de la bata y extraigo otro cigarrillo industrial que me sabe a gloria. Solo los fumadores entendemos esta sensación. Siempre visto igual. No importa la estación que sea. Como nunca salgo de casa, vivo en un estado de permanencia estacional. He creado mi propio término: Reclusión atemporal. Es decir, bajo el techo que habito no hace ni frío en invierno ni calor en verano, no florecen las flores en primavera ni se caen las hojas en otoño. Bajo este techo siempre está nublado. Las nubes de la desgracia me amparan de cualquier cambio significativo que aporte un rayito de luz.

Yo no tengo vida. Tengo un cuerpo y un alma, pero hace tiempo que caminan solos. Siempre me quedará esta ventana. Aunque temo que tengan que rehabilitar el edificio, porque, de ser así, mi salvación se vería cubierta por una lona negra. Antes he mencionado que me vengo aquí cuando las cosas se ponen feas, pero eso de «cosas» puede referirse a, en efecto, muchas cosas. Sin embargo, tienen nombre y apellidos que no vienen al caso. Uno pertenece al funesto de mi marido y el otro al temerario de mi hijo. Los dos son de armas tomar. El uno para el otro y el otro para el uno deseosos de demostrar quién la tiene más grande.

Si cuando me casé me hubieran dicho que mi destino iba a ser tener el pelo repleto de roeles blancos por estrés, los pies hinchados y bolsas en los ojos, no habría firmado ante el cura y los testigos. Pero me quedé embarazada la noche de bodas. Lo que debería haber sido un milagro que celebrar, se convirtió en una condena que expiar.

Esta no es la típica historia en la que el matrimonio se precipita por un cambio en el carácter del marido y el cuento de hadas se convierte en una pesadilla. Nuestra luna de miel fue de ensueño. Como toda nuestra relación. Quise a mi marido más que a mi vida, y su amor fue recíproco. Yo no trabajaba porque me ocupaba de la casa y él era autónomo, así que nos fuimos un mes a recorrer toda la isla de Cuba. A veces me escapo mentalmente a La Habana y me imagino que podemos volver a ser aquella pareja que se apoyaba, se cuidaba y se miraba a la cara. Estoy segura de que el día que concebimos a nuestro hijo fue aquel en que nos acostamos en la playa de Cayo Jutías. El trayecto hasta llegar hasta allí está cargado de anécdotas que nos provocaron ataques de risa. Cómo nos reíamos juntos… Para alcanzar aquel paraíso tuvimos que pasar por unos baches que parecían cráteres. Creímos que el coche se desmontaría por completo. Al llegar, merecieron la pena los sobresaltos y los nervios por quedarnos tirados a mitad de camino. Estábamos solos en una playa inenarrable. El agua cristalina, transparente, un espejo. La arena albugínea, parecía cuarzo blanco hecho polvo. Las palmeras completaban el paisaje. Pero no fue todo eso lo que nos obnubiló, sino nosotros, nuestra conexión. Antes del parto, éramos capaces de sentirnos plenos hasta en un banco descachimbado en cualquier paseo marítimo atestado de turistas. Después... después es este relato.

A la vuelta de Cuba me hice un test de embarazo y quise sorprenderle al darle la noticia. Al recordar su cara se me escapa una sonrisa nostálgica. Aguardamos los nueve meses con la ilusión más genuina de crear una familia. Hicimos el amor todos los días. Cuando salí de cuentas, me tuvieron que meter a quirófano de prisa y corriendo porque el niño venía de espaldas. Entonces supimos que la maternidad y la paternidad empezaban torcidos.

De bebé nos dio muchísima guerra. Lloraba a todas horas. De hecho, su crecimiento se vio retrasado, ya que apenas dormía de tantas lágrimas que derramaba. La lactancia fue un suplicio que tuve que comerme sola, al igual que el insomnio. Mi marido volvió a su negocio y pasé la mayor parte del tiempo en soledad. Se fue alejando de mí de manera paulatina, pero el niño requería tanta atención que no podía apagar dos fuegos a la vez. O mi relación o mi hijo. Echaba de menos el contacto. Que me susurrara al oído lo mucho que me amaba. Antes éramos empalagosos hasta decir basta, pero desde que mis pechos estaban en boca de nuestro hijo, dejó de mirarlos con pasión. Como si fueran una fábrica y no los atributos de una mujer, su mujer. No me quedó otra opción más que acostumbrarme al sexo rápido y a los «te quiero» dichos por costumbre.

El primer día de colegio recibí una llamada urgente: mi niño le había pegado a un compañero. Corrí sobrecogida al centro y la directora me hizo preguntas de todo tipo para las que yo no tenía respuesta. No tenía idea alguna de dónde había aprendido aquel comportamiento. De verdad que no. Nos fuimos a casa y le pregunté por qué lo había hecho, a lo que él, con cinco años, se limitó a responderme:

―Poque me etaba moletado y a mi no ze me moleta.

Me quedé muda. Me costó unos cuantos segundos reaccionar y darle una lección sobre el respeto y la no violencia. Aquel día se me empezó a caer el pelo y se me incrustó una arruga en el entrecejo. El colegio fue otro suplicio. Me llamaban cada dos por tres acusando mala conducta. Mi marido me rehuía. No quería saber nada de lo que estaba pasando y cada vez se echaba más clientes a las espaldas de los que podía gestionar. La ansiedad me recorría cada tejido. Apenas dormía unas horas seguidas. Tenía pesadillas constantes en las que mi hijo era un demonio. De los de las películas de terror. Mi marido se cansó de que le despertara sobresaltada. Hasta tal punto de que se instaló en el cuarto de invitados. Antes de que lo hiciera, intenté mantener una conversación con él. Aún la recuerdo. Aquel día nos separamos sin decirlo.

Mi hijo no ha parado de crecer, como si quisiera recuperar el tiempo que perdió de chico. Cada vez se hace más fuerte, y eso me aterra. La pubertad ha sido lo que me ha terminado de matar. Desde que las hormonas adolescentes irrumpieron en nuestra vida, estas paredes se han convertido en un infierno del que yo ya no participo. Antes de rendirme intenté enmendar lo que había nacido del revés, pero todo fue inútil. El año pasado recibí un golpe de la mano que había alimentado y, desde entonces, me mantengo al margen aún con la herida sin cicatrizar.

Nuestro hijo nunca le ha tenido respeto a su padre. Para él es una figura inexistente. He tratado de tejer cierta relación entre ellos, pero ninguno de los dos ha puesto de su parte. Mi marido se empeña en la educación a la antigua usanza: «Porque lo digo yo y punto». Y mi hijo ha empezado a parecerse a los de Supernanny. Desde que cumplió los trece el año pasado, el problema se ha convertido en incontrolable. Una noche, mi marido llegó de madrugada de una cena de negocios y, al entrar, se encontró con nuestro hijo en el salón viendo un vídeo porno en el móvil con los pies encima de la mesa de café. Yo estaba dormida en el cuarto, ajena a lo que estaba a punto de estallar. Mi hijo le miró desafiante sabiendo que los gemidos sobreactuados y el chocar incesante de los genitales estaban revolviendo el estómago de su padre. Él le ordenó que apagara el televisor, pero no le hizo caso, sino que subió el volumen y se amasó el paquete. Entonces mi marido chilló agravios e insultos que jamás le había escuchado pronunciar. Mi hijo se levantó del sofá de un salto y le imitó. Me desperté, acudí al salón y me los encontré enfrentados como dos boxeadores. Me interpuse y salí malparada con una cicatriz en la mejilla que me recuerda que todo está perdido. Mi hijo se quedó blanco al verme sangrar. Mi marido casi lo mata. Yo ya estaba muerta. Me llevaron al hospital, me dieron ocho puntos y volvimos a casa en un silencio sepulcral. Nunca me pidieron perdón. Mi marido no volvió a tocarme. Mi hijo no volvió a ver porno en el salón. Desde entonces, uno se pasa el día fuera de casa y otro vive encerrado en su habitación.

Si tan solo pudiera respirar tranquila, mis heridas sanarían, pero vivo expuesta al dolor que las provoca y no me atrevo a sacar el cuerpo a la calle. No vaya a ser que algún vecino presencie el maltrato. Hoy ya he perdido la cuenta de las veces que he llorado a escondidas en esta ventana y he rezado a Dios por una tregua. El dolor que siento cada vez que la persona a la que le di la vida me trata como una esclava es equiparable a un látigo.

Mi niño, mi niñito, ¿qué he hecho mal?

Sé que no merezco esto, pero no tengo el valor suficiente para marcharme. Ni siquiera sé si sería capaz de irme sin remordimientos. No tengo a dónde ir. Tampoco dispongo de ahorros. Lanzarme a la indigencia es una locura y a mi edad ya no estoy para aventuras. ¿Quizá sea yo mi propio verdugo? Al fin y al cabo, la única que ha cedido a sus mandatos soy yo. Que si un día hazme esto de comer, que si otro plánchame tal pantalón, que si córtame el pelo, que si limpia. Al menos siempre me quedará la posibilidad de correr el cristal y aspirar alquitrán. Es lo único que no pueden quitarme. He fundido el segundo cigarro. Me voy a encender otro. Ha sido un día cansado y aún tengo que sacar la ropa de verano y guardar la de invierno. Tal vez cuando consuma el tercero me plantee de nuevo lo de la indigencia, ya que, al menos, debajo de un puente no tendré tareas que atender.

Tiro la colilla por la ventana, expulso el resto de humo que acabo de aspirar, me doy la vuelta y me fijo en el frigorífico. Tenemos pegado en la puerta un imán con forma de coche. Un Chevrolet de los años cincuenta de color rojo chillón en cuya puerta se lee: «CUBA». Cierro los ojos y viajo a La Habana. En mi cabeza suena Ríe y Llora, de Celia y Cruz, y río y lloro mientras escucho los reclamos de mi hijo:

―¡Mamá! Hazme un bocadillo de atún que tengo hambre ―me exige desde su cuarto.

―Voy, hijo, voy ―contesto.

Cojo un bollo de pan de la despensa, lo abro lentamente por la mitad, observando cómo los dientes del cuchillo se van abriendo paso entre la corteza y la miga. Echo un poco de aceite y vierto una lata de atún. Lo cierro, lo parto por la mitad y se lo llevo. Me lo quita de las manos con fuerza, como si no hubiera comido en años, sin darme las gracias, y me dirijo a mi habitación. Con la canción aún resonando en la cabeza, abro el canapé de la cama. Junto a las prendas con estampado de flores y palmeras envasadas al vacío, yace una de las maletas que guardamos al volver de nuestro viaje. Me quedo mirándola. La cojo, la coloco encima de las sábanas y corro la cremallera. Saco de dentro un abrigo gordo de nieve que guardé hace años y lo tiro al suelo. Echo un vistazo a mi alrededor. A este cuarto principal con cama doble en la que me sobra espacio y me falta vida. ¿Y si...? Rechazo con la cabeza ese pensamiento. Me decido a hacer el cambio de armario y, de nuevo, ¿y si…? No le doy más vueltas. Cojo la bolsa con mi ropa de verano y empiezo a meter las prendas en la maleta mientras tarareo: «Ríe. Llora. Que a cada cual le llega su hora». Por encima de mi murmullo me parece escuchar el rugido de un motor como si estuviera dentro de casa. Extrañada, casi creyendo que estoy delirando, camino en busca de la procedencia del sonido. Entonces constato que en mitad de la cocina hay un Chevrolet rojo con el motor encendido y la puerta del conductor abierta.

¿Qué os ha parecido? ¿Qué título le pondríais vosotros? Además, si os ha inspirado a escribir algo relacionado, o no, ¡ponedlo en los comentarios! ¡Os leo!

Nos leemos y escribimos el próximo domingo con más títulos e historias. Gracias❤️ 

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Comentarios

  1. Qué lindo es leerte, siempre consigues remover algo. Tus escritos nunca pasan inadvertidos para mi corazón, y así te leo siempre, con el corazón.

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    1. Jose!! Muchísimas gracias por tu comentario. ¡Me ha hecho mucha ilusión! y qué palabras tan bonitas, jo. No sabes lo importante que es para mí. Gracias de nuevo!!

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  2. Suscribo lo que dice Jose, leerte es eso, lindo. Y lo de este relato al igual que otras veces, es un puñal envuelto en seda.
    😘

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    1. Mi viaje del visillo siempre perenne. Que le gusta una interacción entre comentarios. Mi blog sin ti no es nada, Antonio. Millones de gracias (:

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  3. Pensar que la situación del relato es la situación de tantas mujeres en el mundo.
    No poder huir de esa situación porque no tienen como hacerlo y que el alivio sea un simple cigarrillo.
    La sociedad cambia, pero no tanto como nos gustaría.

    Gran escrito y gran escritora.

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    1. ¡Totalmente de acuerdo contigo, Expectante del mundo! ¡Y muchas gracias por tu apreciación y aportación! (:

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